martes, 12 de junio de 2007

Los ojos ciegos de Bacon




Por Lucas Click

"Tenemos el arte para defendernos de la muerte", pensó Martín automáticamente, citando a Nietzche sin saberlo, al enterarse que Lucía Casanova se había suicidado. El oficial a cargo de la Seccional 23 le comunicó telefónicamente que debía dirigirse a la Morgue Judicial cuanto antes para efectuar el reconocimiento del cuerpo. Con el tubo entre las piernas, apenas escuchó lo último que dijo el policía: algo acerca de un "sobre con su nombre"... y "un acto difícil de interpretar". Luego colgó y caminó hasta el atril para contemplar el retrato en el que había estado trabajando sin descanso durante todo el último mes y que había decidido terminar esa misma noche. Sólo le faltaban unas líneas rojizas a los labios abiertos que sin su consentimiento tendían al violeta. Destapó el tarro de pintura y el olor del óleo chocó con las lágrimas que hacían cola en sus retinas y que se desprendieron raudamente para caer sobre su rostro y activar el recuerdo de los ojos verdes de Lucía.

Se habían conocido tres meses atrás en una exposición de Francis Bacon. Más precisamente frente al Retrato del Papa Inocencio X según Velázquez: ambos estaban sumidos en ese grito ciego que encerraba la remake del horror del pintor inglés. Lucía había llegado a Bacon por recomendación de una profesora de la EMAD, donde cursaba sus estudios de actuación. Para Martín era una cita obligada ya que estaba investigando "los gritos" de la historia del arte. Mientras se detenía una y otra vez en la boca del Papa, había concluido que el grito, como un acto de mediación entre su instante previo (¿el horror?) y su posterior (¿la muerte?), es un momento en que la expresión fatídica se funde con la belleza, haciéndose eterna en su inmediatez. Y se lo hizo saber a la chica que, como él, palidecía a su lado ante la tensión muda de Inocencio X. "Gracias al Bacon, mi muerte todavía vive del otro lado del muro", le había confesado ella a modo de respuesta. "Tenemos el arte para defendernos de la muerte", había dicho él asintiendo. Luego, en un bar de Palermo, hablaron horas sobre los "gritos" de Munch y Eisenstein, de Shakespeare y Lessing, de Virgilio y Waters, antes de intercambiar gritos de amor en un hotel del mismo barrio porteño. Mientras despedían la noche, él le prometió la inmortalidad si ella le concedía su cuerpo para retratarlo.

No se vieron por 7 noches. En esos días, Lucia provocó más de una situación que terminó en gritos. En el cine expresionista encontró unos cuantos que le gustaron para su inmortalidad pictórica. Cuando al fin halló el suyo, comenzaron a trabajar en el PH que Martín alquilaba en la calle Serrano. El retrato empezó con los ojos, por donde suele escaparse la vida, y terminaría con la boca abierta, por donde entra la muerte.

Trabajaban por la noche. Los primeros días hacían el amor en todo momento, pero cuando el rostro de Lucía comenzó a aparecer en el lienzo, Martín comenzó a obsesionarse con su pintura. Cuando ella insinuó la posibilidad de abandonar el trabajo, la desesperación del joven artista la obligó a cumplir su inevitable promesa. La noche en que él le dijo que comenzaría a pintar la boca, Lucía revivió en sueños la escena más celebrada de "El acorazado Potemkim". En el sueño fue simultáneamente el rostro de la madre del niño que cae en su cochecito por las escalinatas de Odesa y el de la mujer que recibe el disparo en su ojo derecho y (no está de mas decirlo) grita para inmortalizar en un fotograma, el instante anterior a su muerte. Pero lo que más le impactó de su imaginación onírica fue la imagen de los soldados del zar que bajaban las escalinatas reprimiendo con vendas de celuloide en sus ojos.

La última semana ya no hacían el amor, apenas si hablaban durante las 8 horas de trabajo diario. La última noche, Lucía, que había decidido no ver el cuadro hasta su culminación, decidió faltar a su promesa. Mientras Martín dormía, levantó la tela que cubría su retrato y notó con angustia lo que intuía: la vida y la muerte se daban la mano en un rostro cuya vida había quedado suspendida. El horror del grito enmudecido de la boca inconclusa contrastaba con el fulgor de los ojos verdes que parecían arrancados de otro cuerpo, de otra vida, o de otro momento de un cuerpo vivo. Era como si Bacon les hubiera dejado los ojos cautivos del Inocencio X de Velázquez a su muda y expresionista versión. Sintió el trote del "grito real" en la boca de su estómago que avanzaba para no detenerse. Odió en un suspiro a todos los artistas, incluida ella misma, que a través de la egomanía pesaban la inevitable levedad del ser. Agarró su sobretodo aguantando el extraño peso de su vientre y abrió la puerta de entrada con la certeza de que nunca volvería a esa casa, y la cerró con la seguridad de que nunca más vería a quien había inmortalizado su grito.

Unas horas mas tarde, Martín le quiso dar dos pinceladas a la boca de su Lucía pero se encontró vaciando el tarro rojo sobre el lienzo. Luego salió, paró un taxi y pronunció secamente la dirección que ella alguna vez le había dado. En la esquina de Thames y Paraguay había dos patrulleros; antes de que el taxi se detenga pronunció otra dirección. En la Morgue lo atendió una mujer de ojos negros y caninos con un brillo demasiado intenso para el lugar al cual brindaba su servicio. La imaginó teniendo sexo entre los cadáveres. El cuerpo de Lucía estaba intacto, salvo una pequeña herida en su brazo izquierdo. Los 30 rohypnol la mostraban tan pálida como aquella primera vez frente al cuadro de Bacon. Sus labios todavía conservaban un tono rojizo. Sus ojos habían sido arrancados.

En un sobre con su nombre los encontraría junto a una frase escrita con sangre sobre papel metalizado: "...también tenemos la muerte para defendernos del arte".

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