me dijo “el tío” mientras apuraba con una mano lo que quedaba de una tuca y le acariciaba una pierna a “la tía” con la otra.
Cerré un ojo, agarré el billete y les di dos besos a cada uno. El quinto se lo di a la tuca que se estaba muriendo. Después me puse un abrigo, para disimular, agarré las llaves y salí. Llamé al ascensor, baje al hall, abrí la puerta de entrada por las dudas y volví a subir por las escaleras. Cuando llegué al cuarto piso, puse el oído en la puerta de mi departamento: todavía estaban en el comedor. Prendí el último cigarrillo que me quedaba y me senté a esperar en la oscuridad del pasillo.
“El tío” era bipolar. Más precisamente, un tipo con tendencias maníaco-depresivas habituales. Médico psiquiatra e hijo de oftalmólogos, vivía hace 36 años con sus padres en medio de una familia de clase media acomodada. A pesar de su profesión, las clínicas para él ya no eran sólo trabajos rentables, sino lugares donde solía pasar noches bajo medicación, peleando con enfermeras por un cigarrillo y consigo mismo por su conciencia. Su última estadía había comenzado luego de que un grupo de paramédicos tuviera que romper la puerta de su habitación mientras él se tiraba desde el balcón de su casa de Hurlingam y corriera dos cuadras con un tobillo esquinzado. En la clínica, le había regalado a su enfermera preferida la cadenita con el yin-yang de plata que había comprado en el último verano en la costa.
Había estudiado en la UBA durante los últimos años de la dictadura y se había recibido con diploma de honor en el invierno de 1986, apenas unos días después de que el Diego le hiciera los dos golazos a los ingleses. Por esos años acostumbraba encerrarse a estudiar en una habitación de la calle Talcahuano acompañado de un mantecol de 500 gramos, un paquete de Marlboro, un porro y una tableta de anfetaminas. Con el tiempo, el mantecol fue remplazado por la “dama negra”, o “la tía, una morocha bien argentina” (palabras del tío) de un metro setenta y pico que le sacaba una cabeza, y las anfetas deribaron en la “dama blanca”, como el “el tío” solía llamar a la cocaína.
El ritual se consumaba todos los viernes. Caían en casa tipo 8. Mientras “la tía” amasaba las pastas, “el tío” armaba uno. Fumábamos los tres, luego comíamos, hablábamos de sexo…y de rock. Después “el tío” pelaba un billete, me mandaba a algún lugar (que en realidad era el pago simbólico por un turnito de media hora en mi cama de dos plazas), “intimaba” con la tía y, cuando yo volvía, una línea me aguardaba sobre la mesita de vidrio. La primera la hacía el tío, “el premio” la llamaba, aunque nunca aclaraba más. Después arrancaba “la tía”, por último yo, que tomaba una sola “para levantar”, según las recomendaciones de mi médico de cabecera. Él decía siempre que yo necesitaba “un ayudín” cuando fumaba porque me relajaba demasiado. “Servite cuando quieras”, sugería de a ratos.
En realidad, mis diecinueve años eran suficientes para darme cuenta de que él quería que le aguante su locura, que la "dama negra" después de “intimar” sólo quería tomar y tomar, que conmigo podía hablar de sus miedos y obsesiones, que podía disertar una y otra vez sobre su “teoría hermética” (una suerte de divagues metafísicos de taoísmo occidental y new age), que yo era una especie de embrión, “su pollo”, como él me llamaba, y, sobretodo, porque al tomar se olvidaba de “la tía”, de su extraña voz y de lo que le gustaban sus historias de sexo furtivo.
Esa noche hice lo que siempre había pensado hacer y por pudor nunca había hecho. Esperé unos minutos en la oscuridad del pasillo, escuchando como se calentaban detrás de la puerta. Fumaba en silencio, pensando en qué decir si por alguna razón abrían la puerta y me encontraban ahí, escabullido en lo negro. Intenté tocarme para sacarme el temblor: no había caso. No quería irme, adentro comenzaban los primeros gritos de “la tía”. Me relajaron y de repente tuve una incipiente erección. Escuché un portazo, unas risas: ya estaban en mi habitación. Saqué las llaves del bolsillo de la campera, sudaba…mucho.
Cerré los ojos y me vino la imagen de mamá, pensé en mis hermanas, en que ellas estaban lejos, recordé un pueblo de Corrientes, la habitación compartida con ellas, la casa grande junto al Diario. No pude olvidar la noche que me levanté a tomar agua y escuché los gemidos de mi hermana mayor que salían de su habitación, pensé en la mancha que tenía la tiza de merca en una punta, en que la mancha era de mierda, en que “el tío” se tomaba eso, en que “el tío” era un perverso y yo le gustaba, en que “la tía” era una perversa, en mis propias perversiones, en los rodeos que hacíamos con “el tío” por Godoy Cruz…En qué hacía en la oscuridad del pasillo de mi departamento mientras una pareja que había conocido tres meses atrás, y que yo llamaba “tío” y “tía”, estaban en mi habitación? Me encontré solo, muy solo, lloré…
Cuando abrí los ojos la erección había desaparecido. Los gritos de Mariana eran cada vez más profundos. Imaginé cómo eso le calentaría a Gustavo, quien quería convencerla de que deje de trabajar en la calle, de que pronto alquilarían una casa en San Justo, donde ella había nacido. Apuré la llave en la cerradura y entré en la casa, en mi casa, violando por primera vez las reglas del ritual. En la mesa todavía estaban los platos con restos de los ravioles, dos ceniceros llenos, un “bagullo” de marihuana, el paquete de Marlboro y la “tiza”. Prendí un cigarrillo y me senté en una silla. Ahora los gritos que se escuchaban eran de Gustavo. La puerta de la habitación estaba arrimada. Me paré y me acerqué despacio, los gemidos eran cada vez más fuertes. Trataba de imaginarlo todo: la posición de sus cuerpos, sus caras, sus ojos. Me temblaba el abdomen, tenía los hombros rígidos, fumaba obstinadamente: necesitaba abrir violentamente esa puerta y que se acabe todo de una vez. Apagué el cigarrillo y tanteé la llave en la campera que todavía tenía puesta. Agarré firme y sin pensar la de la puerta de entrada como si fuera un puñal y con la otra mano empujé la puerta, suavemente.
La imagen que tuve enfrente era la que había imaginado, salvo un detalle: mientras Mariana lo penetraba desde atrás, Gustavo tenía los ojos vendados. Ella me vió y se le escapó una pequeña sonrisa. No paró en ningún momento de moverse. Nunca había visto a un travesti teniendo sexo con un hombre, y sin embargo ellos dos estaban allí, en mi propia cama, y yo también allí, perplejo, parado frente a ellos. En los ojos de Mariana leí que le hubiera gustado que yo me acercara en silencio y me sumara al encuentro sexual.
Arrimé nuevamente la puerta y antes de salir de la casa agarré otro Marlboro, lo necesitaba. A los diez minutos escuché simultáneamente la cadena del baño, la voz de “la tía”, el encendedor en llamas, la voz de “el tío”. Luego, el frotar de un plástico contra algo y un par de respiradas profundas. Bajé los cuatro pisos por las escaleras. Terminé el cigarrillo lentamente y abrí la puerta de entrada. Se cerró en tres segundos delante de mi cara. Luego me metí en un ascensor y apreté el 4. Tuve la impresión, habitual en circunstancias similares, de haber perdido u olvidado algo. En la mesa me esperaba una línea más grande que de costumbre: la tomé y les sonreí a ambos. La tía se forzaba por no mirarme; “el tío”” ya iba por la tercera raya. Mientras yo buscaba no se qué en la mesa, me pidió seca pero amablemente que baje a comprar dos paquetes de cigarrillos, que íbamos a quedarnos cortos. Recién ahí me di cuenta de que se venía una noche larga, de que lo que yo buscaba eran sus Marlboros y que el mismo cartón poco tenía que ver en el ritual si permanecía, extrañamente, en el bolsillo de la camisa de “el tío”.
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