
Abrió la canilla de la bañadera para darse una ducha fría. Eran las tres de la tarde y Marzo todavía albergaba las últimas ráfagas de calor de un verano interminable. Pensaba en la carta, y en la discusión que había tenido para que la publicasen el día anterior. Se desnudó y sintió un tirón en el abdomen, como un grito constante, un reiterado palpitar que trotaba en forma circular alrededor de la boca del estomago. Tenía miedo. Y una ansiedad incalculable de que todo terminase de una vez. Tanteó el agua y estaba muy fría. ( Así mejor, pensó). Quiso dejar de temblar y por un momento lo logró, lo suficiente como para activar la memoria, su arma de cabecera. Asomó la cabeza por entre la cortina y la PPK 22 seguía ahí, elegante y siniestra, como si intuyera que en pocos minutos entraría a formar parte de la Historia. (¿Qué Historia?), reflexionó mientras se enjuagaba los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.
Pensó en Vicky riéndose en lo alto de una terraza al tiempo que se disparaba en la sien derecha. – “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”-, había dicho. Vió a Paco diciéndoles a su mujer e hija – “Disparen ustedes, me tomé la pastilla y ya me siento mal”-. Quiso llorar, no pudo. (Quizás así era mejor). El grito había aminorado su trote. Se sentó con la cabeza entre las piernas y dejó que el agua bajara como una descarga sobre su cuerpo. Solía elegir esta posición porque lo conectaba con su madre, con el valor. También pensó en su padre, en su amor por los caballos, en el día que uno lo arrimó hacia “allá”. (¿Seguía “allá” estando allá?). Se acordó de las venitas del Viejo, de Madrid, de la cara del Lobo. Pensó en el salto de Rosendo; en las palabras de Raimundo; en la mirada del Griego; en la corta pero febril vida de Lizazo. (Sin duda estaba más cerca). Creyó oír los pasos. Se paró de un brinco pero eran sus imágenes, always presentes. Todavía no era hora. Abrió un poco la caliente y respiró profundo. Le echó una mirada a la PPK 22 que seguía firme, inalterable, sobre la tapa del inodoro. Luego hizo una mueca de complicidad y volvió a cerrar la cortina.
Se acordó de la frase de Borges “La Historia universal es la historia de una cuantas metáforas”, y por un momento quiso darle la razón al ciego. Pero el grito volvió al acecho y el desconcierto le produjo odio. Pensaba que mientras hablaba de Pascal, Heráclito y Jenófanes, ese hombre no hacía otra cosa que alejarse aún más de “Ellos”; y “Ellos” eran (son) quienes deben recibir la palabra. Sin embargo seguían siendo “ellos”. - ¿Por qué? ¿No había él luchado por acercarles su voz; no había “resignado” el reconocimiento burgués por la vida de militante; su pasión por la literatura por la actividad política; la novela policial por el periodismo de investigación? ¿No había él ahondado en contradicciones por tratar de conciliar todas sus pasiones? ¿Qué sentido tenía seguir buscando metáforas cuando la realidad misma estaba impregnada en su interior de una capa dialéctica? ¿No eran acaso ficción y realidad dos caras de una misma cruz? Se miró los dedos arrugados y se acarició el pene, quizás buscando una respuesta, y por un instante se sintió acabado y satisfecho. Pensó en su primera estadía en Cuba, después de la Revolución. Reparó en la joven Zoila Estrella, en las habitaciones impregnadas de sexo de una Habana empapada de sueños.- “Usted es un hombre de conciencia”-, le había susurrado esa mujer de 16 años al salir de un hotel. Habían pasado 18 años de la Revolución, mientras acá, ( o ya era “allá”) algunos elegían morir a que los maten.
Cerró las dos canillas y se sacudió un poco. Mientras se secaba comenzó a escuchar los pasos en el pasillo: ya habían llegado. Se ató la toalla en el cuerpo y agarró el arma. La puerta estaba sin llaves pero eligieron tirarla abajo. Uno de ellos tiró por el aire la peluca y los lentes que descansaban en un sofá cama. Alcanzó a tirarse al piso y desde allí disparó cinco veces. Llegó a escuchar el grito de uno que se retorcía en el piso con una pierna ensangrentada. Ahora comprendía...y una pequeña sonrisa se le dibujó en el rostro para quedar grabada para siempre en aquellas caras asesinas, al mismo tiempo que elegía, una vez más, no huir como el Gato irlandés, sino poner el pecho como el Oso griego. ( Así mejor, pensó). ¿Pensó?... Ya no, porque al fin empezaba a ser parte de Ellos.
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