martes, 12 de junio de 2007

"El tío"



Por Lucas Click

- Nene, anda a tomarte un trago al bar de la esquina mientras intimamos con la Negra - me dijo “el tío” mientras apuraba con una mano lo que quedaba de una tuca y le acariciaba una pierna a “la tía” con la otra.
- Acá tenés diez mangos. Comprame cigarros que me quedan cuatro. Te alcanza, no?


Cerré un ojo, agarré el billete y les di dos besos a cada uno. El quinto se lo di a la tuca que se estaba muriendo. Después me puse un abrigo, para disimular, agarré las llaves y salí. Llamé al ascensor, baje al hall, abrí la puerta de entrada por las dudas y volví a subir por las escaleras. Cuando llegué al cuarto piso, puse el oído en la puerta de mi departamento: todavía estaban en el comedor. Prendí el último cigarrillo que me quedaba y me senté a esperar en la oscuridad del pasillo.

“El tío” era bipolar. Más precisamente, un tipo con tendencias maníaco-depresivas habituales. Médico psiquiatra e hijo de oftalmólogos, vivía hace 36 años con sus padres en medio de una familia de clase media acomodada. A pesar de su profesión, las clínicas para él ya no eran sólo trabajos rentables, sino lugares donde solía pasar noches bajo medicación, peleando con enfermeras por un cigarrillo y consigo mismo por su conciencia. Su última estadía había comenzado luego de que un grupo de paramédicos tuviera que romper la puerta de su habitación mientras él se tiraba desde el balcón de su casa de Hurlingam y corriera dos cuadras con un tobillo esquinzado. En la clínica, le había regalado a su enfermera preferida la cadenita con el yin-yang de plata que había comprado en el último verano en la costa.

Había estudiado en la UBA durante los últimos años de la dictadura y se había recibido con diploma de honor en el invierno de 1986, apenas unos días después de que el Diego le hiciera los dos golazos a los ingleses. Por esos años acostumbraba encerrarse a estudiar en una habitación de la calle Talcahuano acompañado de un mantecol de 500 gramos, un paquete de Marlboro, un porro y una tableta de anfetaminas. Con el tiempo, el mantecol fue remplazado por la “dama negra”, o “la tía, una morocha bien argentina” (palabras del tío) de un metro setenta y pico que le sacaba una cabeza, y las anfetas deribaron en la “dama blanca”, como el “el tío” solía llamar a la cocaína.


El ritual se consumaba todos los viernes. Caían en casa tipo 8. Mientras “la tía” amasaba las pastas, “el tío” armaba uno. Fumábamos los tres, luego comíamos, hablábamos de sexo…y de rock. Después “el tío” pelaba un billete, me mandaba a algún lugar (que en realidad era el pago simbólico por un turnito de media hora en mi cama de dos plazas), “intimaba” con la tía y, cuando yo volvía, una línea me aguardaba sobre la mesita de vidrio. La primera la hacía el tío, “el premio” la llamaba, aunque nunca aclaraba más. Después arrancaba “la tía”, por último yo, que tomaba una sola “para levantar”, según las recomendaciones de mi médico de cabecera. Él decía siempre que yo necesitaba “un ayudín” cuando fumaba porque me relajaba demasiado. “Servite cuando quieras”, sugería de a ratos.


En realidad, mis diecinueve años eran suficientes para darme cuenta de que él quería que le aguante su locura, que la "dama negra" después de “intimar” sólo quería tomar y tomar, que conmigo podía hablar de sus miedos y obsesiones, que podía disertar una y otra vez sobre su “teoría hermética” (una suerte de divagues metafísicos de taoísmo occidental y new age), que yo era una especie de embrión, “su pollo”, como él me llamaba, y, sobretodo, porque al tomar se olvidaba de “la tía”, de su extraña voz y de lo que le gustaban sus historias de sexo furtivo.

Esa noche hice lo que siempre había pensado hacer y por pudor nunca había hecho. Esperé unos minutos en la oscuridad del pasillo, escuchando como se calentaban detrás de la puerta. Fumaba en silencio, pensando en qué decir si por alguna razón abrían la puerta y me encontraban ahí, escabullido en lo negro. Intenté tocarme para sacarme el temblor: no había caso. No quería irme, adentro comenzaban los primeros gritos de “la tía”. Me relajaron y de repente tuve una incipiente erección. Escuché un portazo, unas risas: ya estaban en mi habitación. Saqué las llaves del bolsillo de la campera, sudaba…mucho.


Cerré los ojos y me vino la imagen de mamá, pensé en mis hermanas, en que ellas estaban lejos, recordé un pueblo de Corrientes, la habitación compartida con ellas, la casa grande junto al Diario. No pude olvidar la noche que me levanté a tomar agua y escuché los gemidos de mi hermana mayor que salían de su habitación, pensé en la mancha que tenía la tiza de merca en una punta, en que la mancha era de mierda, en que “el tío” se tomaba eso, en que “el tío” era un perverso y yo le gustaba, en que “la tía” era una perversa, en mis propias perversiones, en los rodeos que hacíamos con “el tío” por Godoy Cruz…En qué hacía en la oscuridad del pasillo de mi departamento mientras una pareja que había conocido tres meses atrás, y que yo llamaba “tío” y “tía”, estaban en mi habitación? Me encontré solo, muy solo, lloré…


Cuando abrí los ojos la erección había desaparecido. Los gritos de Mariana eran cada vez más profundos. Imaginé cómo eso le calentaría a Gustavo, quien quería convencerla de que deje de trabajar en la calle, de que pronto alquilarían una casa en San Justo, donde ella había nacido. Apuré la llave en la cerradura y entré en la casa, en mi casa, violando por primera vez las reglas del ritual. En la mesa todavía estaban los platos con restos de los ravioles, dos ceniceros llenos, un “bagullo” de marihuana, el paquete de Marlboro y la “tiza”. Prendí un cigarrillo y me senté en una silla. Ahora los gritos que se escuchaban eran de Gustavo. La puerta de la habitación estaba arrimada. Me paré y me acerqué despacio, los gemidos eran cada vez más fuertes. Trataba de imaginarlo todo: la posición de sus cuerpos, sus caras, sus ojos. Me temblaba el abdomen, tenía los hombros rígidos, fumaba obstinadamente: necesitaba abrir violentamente esa puerta y que se acabe todo de una vez. Apagué el cigarrillo y tanteé la llave en la campera que todavía tenía puesta. Agarré firme y sin pensar la de la puerta de entrada como si fuera un puñal y con la otra mano empujé la puerta, suavemente.


La imagen que tuve enfrente era la que había imaginado, salvo un detalle: mientras Mariana lo penetraba desde atrás, Gustavo tenía los ojos vendados. Ella me vió y se le escapó una pequeña sonrisa. No paró en ningún momento de moverse. Nunca había visto a un travesti teniendo sexo con un hombre, y sin embargo ellos dos estaban allí, en mi propia cama, y yo también allí, perplejo, parado frente a ellos. En los ojos de Mariana leí que le hubiera gustado que yo me acercara en silencio y me sumara al encuentro sexual.


Arrimé nuevamente la puerta y antes de salir de la casa agarré otro Marlboro, lo necesitaba. A los diez minutos escuché simultáneamente la cadena del baño, la voz de “la tía”, el encendedor en llamas, la voz de “el tío”. Luego, el frotar de un plástico contra algo y un par de respiradas profundas. Bajé los cuatro pisos por las escaleras. Terminé el cigarrillo lentamente y abrí la puerta de entrada. Se cerró en tres segundos delante de mi cara. Luego me metí en un ascensor y apreté el 4. Tuve la impresión, habitual en circunstancias similares, de haber perdido u olvidado algo. En la mesa me esperaba una línea más grande que de costumbre: la tomé y les sonreí a ambos. La tía se forzaba por no mirarme; “el tío”” ya iba por la tercera raya. Mientras yo buscaba no se qué en la mesa, me pidió seca pero amablemente que baje a comprar dos paquetes de cigarrillos, que íbamos a quedarnos cortos. Recién ahí me di cuenta de que se venía una noche larga, de que lo que yo buscaba eran sus Marlboros y que el mismo cartón poco tenía que ver en el ritual si permanecía, extrañamente, en el bolsillo de la camisa de “el tío”.

Los ojos ciegos de Bacon




Por Lucas Click

"Tenemos el arte para defendernos de la muerte", pensó Martín automáticamente, citando a Nietzche sin saberlo, al enterarse que Lucía Casanova se había suicidado. El oficial a cargo de la Seccional 23 le comunicó telefónicamente que debía dirigirse a la Morgue Judicial cuanto antes para efectuar el reconocimiento del cuerpo. Con el tubo entre las piernas, apenas escuchó lo último que dijo el policía: algo acerca de un "sobre con su nombre"... y "un acto difícil de interpretar". Luego colgó y caminó hasta el atril para contemplar el retrato en el que había estado trabajando sin descanso durante todo el último mes y que había decidido terminar esa misma noche. Sólo le faltaban unas líneas rojizas a los labios abiertos que sin su consentimiento tendían al violeta. Destapó el tarro de pintura y el olor del óleo chocó con las lágrimas que hacían cola en sus retinas y que se desprendieron raudamente para caer sobre su rostro y activar el recuerdo de los ojos verdes de Lucía.

Se habían conocido tres meses atrás en una exposición de Francis Bacon. Más precisamente frente al Retrato del Papa Inocencio X según Velázquez: ambos estaban sumidos en ese grito ciego que encerraba la remake del horror del pintor inglés. Lucía había llegado a Bacon por recomendación de una profesora de la EMAD, donde cursaba sus estudios de actuación. Para Martín era una cita obligada ya que estaba investigando "los gritos" de la historia del arte. Mientras se detenía una y otra vez en la boca del Papa, había concluido que el grito, como un acto de mediación entre su instante previo (¿el horror?) y su posterior (¿la muerte?), es un momento en que la expresión fatídica se funde con la belleza, haciéndose eterna en su inmediatez. Y se lo hizo saber a la chica que, como él, palidecía a su lado ante la tensión muda de Inocencio X. "Gracias al Bacon, mi muerte todavía vive del otro lado del muro", le había confesado ella a modo de respuesta. "Tenemos el arte para defendernos de la muerte", había dicho él asintiendo. Luego, en un bar de Palermo, hablaron horas sobre los "gritos" de Munch y Eisenstein, de Shakespeare y Lessing, de Virgilio y Waters, antes de intercambiar gritos de amor en un hotel del mismo barrio porteño. Mientras despedían la noche, él le prometió la inmortalidad si ella le concedía su cuerpo para retratarlo.

No se vieron por 7 noches. En esos días, Lucia provocó más de una situación que terminó en gritos. En el cine expresionista encontró unos cuantos que le gustaron para su inmortalidad pictórica. Cuando al fin halló el suyo, comenzaron a trabajar en el PH que Martín alquilaba en la calle Serrano. El retrato empezó con los ojos, por donde suele escaparse la vida, y terminaría con la boca abierta, por donde entra la muerte.

Trabajaban por la noche. Los primeros días hacían el amor en todo momento, pero cuando el rostro de Lucía comenzó a aparecer en el lienzo, Martín comenzó a obsesionarse con su pintura. Cuando ella insinuó la posibilidad de abandonar el trabajo, la desesperación del joven artista la obligó a cumplir su inevitable promesa. La noche en que él le dijo que comenzaría a pintar la boca, Lucía revivió en sueños la escena más celebrada de "El acorazado Potemkim". En el sueño fue simultáneamente el rostro de la madre del niño que cae en su cochecito por las escalinatas de Odesa y el de la mujer que recibe el disparo en su ojo derecho y (no está de mas decirlo) grita para inmortalizar en un fotograma, el instante anterior a su muerte. Pero lo que más le impactó de su imaginación onírica fue la imagen de los soldados del zar que bajaban las escalinatas reprimiendo con vendas de celuloide en sus ojos.

La última semana ya no hacían el amor, apenas si hablaban durante las 8 horas de trabajo diario. La última noche, Lucía, que había decidido no ver el cuadro hasta su culminación, decidió faltar a su promesa. Mientras Martín dormía, levantó la tela que cubría su retrato y notó con angustia lo que intuía: la vida y la muerte se daban la mano en un rostro cuya vida había quedado suspendida. El horror del grito enmudecido de la boca inconclusa contrastaba con el fulgor de los ojos verdes que parecían arrancados de otro cuerpo, de otra vida, o de otro momento de un cuerpo vivo. Era como si Bacon les hubiera dejado los ojos cautivos del Inocencio X de Velázquez a su muda y expresionista versión. Sintió el trote del "grito real" en la boca de su estómago que avanzaba para no detenerse. Odió en un suspiro a todos los artistas, incluida ella misma, que a través de la egomanía pesaban la inevitable levedad del ser. Agarró su sobretodo aguantando el extraño peso de su vientre y abrió la puerta de entrada con la certeza de que nunca volvería a esa casa, y la cerró con la seguridad de que nunca más vería a quien había inmortalizado su grito.

Unas horas mas tarde, Martín le quiso dar dos pinceladas a la boca de su Lucía pero se encontró vaciando el tarro rojo sobre el lienzo. Luego salió, paró un taxi y pronunció secamente la dirección que ella alguna vez le había dado. En la esquina de Thames y Paraguay había dos patrulleros; antes de que el taxi se detenga pronunció otra dirección. En la Morgue lo atendió una mujer de ojos negros y caninos con un brillo demasiado intenso para el lugar al cual brindaba su servicio. La imaginó teniendo sexo entre los cadáveres. El cuerpo de Lucía estaba intacto, salvo una pequeña herida en su brazo izquierdo. Los 30 rohypnol la mostraban tan pálida como aquella primera vez frente al cuadro de Bacon. Sus labios todavía conservaban un tono rojizo. Sus ojos habían sido arrancados.

En un sobre con su nombre los encontraría junto a una frase escrita con sangre sobre papel metalizado: "...también tenemos la muerte para defendernos del arte".

El grito


Por Lucas Click

Abrió la canilla de la bañadera para darse una ducha fría. Eran las tres de la tarde y Marzo todavía albergaba las últimas ráfagas de calor de un verano interminable. Pensaba en la carta, y en la discusión que había tenido para que la publicasen el día anterior. Se desnudó y sintió un tirón en el abdomen, como un grito constante, un reiterado palpitar que trotaba en forma circular alrededor de la boca del estomago. Tenía miedo. Y una ansiedad incalculable de que todo terminase de una vez. Tanteó el agua y estaba muy fría. ( Así mejor, pensó). Quiso dejar de temblar y por un momento lo logró, lo suficiente como para activar la memoria, su arma de cabecera. Asomó la cabeza por entre la cortina y la PPK 22 seguía ahí, elegante y siniestra, como si intuyera que en pocos minutos entraría a formar parte de la Historia. (¿Qué Historia?), reflexionó mientras se enjuagaba los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.


Pensó en Vicky riéndose en lo alto de una terraza al tiempo que se disparaba en la sien derecha. – “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”-, había dicho. Vió a Paco diciéndoles a su mujer e hija – “Disparen ustedes, me tomé la pastilla y ya me siento mal”-. Quiso llorar, no pudo. (Quizás así era mejor). El grito había aminorado su trote. Se sentó con la cabeza entre las piernas y dejó que el agua bajara como una descarga sobre su cuerpo. Solía elegir esta posición porque lo conectaba con su madre, con el valor. También pensó en su padre, en su amor por los caballos, en el día que uno lo arrimó hacia “allá”. (¿Seguía “allá” estando allá?). Se acordó de las venitas del Viejo, de Madrid, de la cara del Lobo. Pensó en el salto de Rosendo; en las palabras de Raimundo; en la mirada del Griego; en la corta pero febril vida de Lizazo. (Sin duda estaba más cerca). Creyó oír los pasos. Se paró de un brinco pero eran sus imágenes, always presentes. Todavía no era hora. Abrió un poco la caliente y respiró profundo. Le echó una mirada a la PPK 22 que seguía firme, inalterable, sobre la tapa del inodoro. Luego hizo una mueca de complicidad y volvió a cerrar la cortina.


Se acordó de la frase de Borges “La Historia universal es la historia de una cuantas metáforas”, y por un momento quiso darle la razón al ciego. Pero el grito volvió al acecho y el desconcierto le produjo odio. Pensaba que mientras hablaba de Pascal, Heráclito y Jenófanes, ese hombre no hacía otra cosa que alejarse aún más de “Ellos”; y “Ellos” eran (son) quienes deben recibir la palabra. Sin embargo seguían siendo “ellos”. - ¿Por qué? ¿No había él luchado por acercarles su voz; no había “resignado” el reconocimiento burgués por la vida de militante; su pasión por la literatura por la actividad política; la novela policial por el periodismo de investigación? ¿No había él ahondado en contradicciones por tratar de conciliar todas sus pasiones? ¿Qué sentido tenía seguir buscando metáforas cuando la realidad misma estaba impregnada en su interior de una capa dialéctica? ¿No eran acaso ficción y realidad dos caras de una misma cruz? Se miró los dedos arrugados y se acarició el pene, quizás buscando una respuesta, y por un instante se sintió acabado y satisfecho. Pensó en su primera estadía en Cuba, después de la Revolución. Reparó en la joven Zoila Estrella, en las habitaciones impregnadas de sexo de una Habana empapada de sueños.- “Usted es un hombre de conciencia”-, le había susurrado esa mujer de 16 años al salir de un hotel. Habían pasado 18 años de la Revolución, mientras acá, ( o ya era “allá”) algunos elegían morir a que los maten.


Cerró las dos canillas y se sacudió un poco. Mientras se secaba comenzó a escuchar los pasos en el pasillo: ya habían llegado. Se ató la toalla en el cuerpo y agarró el arma. La puerta estaba sin llaves pero eligieron tirarla abajo. Uno de ellos tiró por el aire la peluca y los lentes que descansaban en un sofá cama. Alcanzó a tirarse al piso y desde allí disparó cinco veces. Llegó a escuchar el grito de uno que se retorcía en el piso con una pierna ensangrentada. Ahora comprendía...y una pequeña sonrisa se le dibujó en el rostro para quedar grabada para siempre en aquellas caras asesinas, al mismo tiempo que elegía, una vez más, no huir como el Gato irlandés, sino poner el pecho como el Oso griego. ( Así mejor, pensó). ¿Pensó?... Ya no, porque al fin empezaba a ser parte de Ellos.

viernes, 8 de junio de 2007

A modo de bienvenida

La verdad es una llama que medita a oscuras; la usina es una voluntad de pocos que somete a los ángeles a desnudarse en público; la mentalidad ganadora, un simulacro del pasado que vuelve a hacerse presente en los deportes y politicos de moda; contemos hasta cien y obtengamos la píldora de la juventud por unos pocos molares. Patas de gallo, baba de caracol, poca crema, excelente dilatación.
Planeemos el mejor asesinato, que es algo más que un juego en donde intervienen dos imbéciles...